21 abr. 2010

Historias repetidas antes de cerrar los ojos, hacen tiritar mis manos al compás de la lectura de algo que no debería ver. El sollozo intrínseco que convoca la alienación de una mirada capciosa sobre el café y la triste calumnia desesperanzada de siempre a la hora de dormir.
Frío otoño quema mi piel.
Primavera retrograda,
con tus hojas me cortan los pies.

18 abr. 2010

Apología de las noches de campamento

Todas las noches lo mismo, pasear de un lado al otro por la habitación, a ver qué pasa. Al principio los sollozos son bajos y calmos pero la desesperación parece tomar control del cuerpo de la madre que empieza a gritar del dolor que siente en su estómago, en su pecho, en sus manos que se acalambran porque la desesperación le hace agitarlas con una fuerza que su cuerpo no puede realizar. Se desliza, se rompe y se junta contra la almohada y el colchon, se hunde en lo profundo de las plumas y se deja caer sobre sus dedos hasta dormirse entre túneles coloridos.
Insistente busca el lugar
donde escapar del trabajo del día.
Hoy me explotan, hoy me gritan.
¿Qué voy a hacer si no me alcanza esta vez?
¿Qué voy a hacer por mis hijos?
¿Qué voy a hacer por mí?

Silencio, corrompe nuestros dientes,
destroza nuestras piernas,
muerde nuestros cráneos.
Hipnotizados caminando,
hipnotizados trabajando.
Queriendo encontrar un corazón que probablemente ya no existe.
Tiritando la desesperación se ahoga en un vaso de agua y cafeína.
Corazón, ¿Donde está ese palpitar
que durante épocas loca me volvía?
Entumeciendo mis mejillas coloradas a la luz del espejo,
corrompiendo mis pasos.
dancemos alrededor de nuestros ojos
miremos hacia el futuro, perdonando el rencor
criemos nuestras huellas para personificar nuestro lirio
Cuando nuestros ojos rechinen
nuestros brazos saldrán hacia afuera.
Preparémonos para despegar,
para destrozar nuestro antiguo cascarón.

2 abr. 2010

En Alpargatas

Uno se la pasa buscando ciertos sentimientos, opacados por el frío intenso de la gran ciudad, de la sucia mente de la sociedad. Pensando así encontrará la calidez que tanto añoró desde el día en que sus pupilas captaron del todo la luz del sol. Pero nunca sabe, hasta el momento en que esos dedos dejan de tocar las luces ajenas, el problema en el que se ha metido. Cuando se derrite su corazón como la arena que rueda por el sanguche de milanesa en Mar del Plata y sus piernas no dejan de correr en direcciones totalmente distorsionadas, metiéndose en callejones sin salida que se multiplican y multiplican para hacer imposible la digestión del pobre sánguche de milanesa cuya mitad quedará tirada en alguna esquina del bolso que uno lleva siempre en la espalda cuando va de viaje. Uno siempre quisiera poder tener un viaje de vuelta a casa, pero los sentimientos son un viaje de ida, y muchas veces los recuerdos y los sanguches de milanesa con arena son algo difícil de digerir.